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sábado, 5 de julio de 2014

Once minutos…



Once minutos…




Ahí se muestra, erguida
Luminiscente en la noche
Cuan si fuera lápiz editor
Tirantes mil, disociados son
París, siempre quedarás tú.
Aquel hombre, y esa mujer
Besar tu mirada, ojos gritan
Acaso a dos palmos el edén
Besar tu voz, susurro cómplice
Acaso a dos dedos el summum
Sin trabas. Y hacerla mi canción…
Ya sé, nada inventé, ya sé
Mas no soy concepción, nunca
Ni siquiera ángel que ruede lejos
Apenas un mundano trovador
Que gorjea en la noche silente
Para llevarte la mejor melodía.
Hallé un resquicio en tu piel
Buceé en el mar de los aledaños
Supe que estabas allí, te miré
Desgajando cada gránulo escogido
Entre los dedos, calándote de él
Qué hacer, sino dejarme llevar
Por el cimbreo excelso de su son.
Ofrecerte el mejor paseo con alma
Este blues que se ronronea sin miedos
Escogiendo las fisuras de nuestro ser
Para dilapidar cualquier obstáculo
Mostrándose, desnudando su valía
Urgiendo las poses del bardo honrado
De sentir la cercanía de tu regazo
Y la postrera espera, para seguir viviendo.
Once minutos, nos separan del cenit
Mas ya sabremos encontrarlo juntos.

©Santiago Pablo Romero.Petirrojo.


viernes, 27 de julio de 2012

Jinetes en la noche.


Jinetes en la noche.
El sol está radiante, todos salen como los lagartos. Grandes dosis de vitamina D, ya el cuerpo iba tornando su cubierta en un pálido mortecino. Hola y adiós, en los paseos. La fiel compañera reluciente, se contornea perfecta, acicalada como en los grandes contrastes.
Surge entonces en mi pensamiento, la bajada de guardia provocada en los sumisos mortales por estos bruscos canjes del tiempo en los terciados de marzo.
Los abrevaderos de las nuevas monturas, a rebosar, colas y más colas. Peregrinación obligada en un día que invita a desplazamientos por la piel de esta maltrecha anfitriona, nuestra pachamama. Rugiendo los corazones de esos jinetes, ansiosos de dosis de adrenalina.
El peligro surge con las horas de cabalgadura, aderezadas con el espíritu de fuego, unas hierbas aromáticas y sin tener que llegar a tocar las líneas. La sobredosis de vitamina D será lo menos resbaladizo. Será complicado dominar la bestia, en la que se convierte, en esas condiciones. El camino se estrecha, y han de pasar todos, cabremos, nos preguntaremos.
Aparecerá la tormenta en noche estrellada, surgirán los llamados a los espíritus de nuestros ancestros. Pero si no hemos cuidado las mínimas circunspecciones, nadie nos escuchará. Pagaremos, dando con los huesos en un antro de frío, humedad y malas maneras.
Las alúas en días así salen por doquier, pero son millones las que perecen en su destino, grandes cantidades para solventar las mermas.
Los humanos nos vanagloriamos de superar en mucho a las alúas. Claro que a veces no sé, si será en tamaño, o en cerebro. Muchos cráneos parecen enormes aserraderos colmados de su sustancia propia, para absorber líquidos desparramados.
Por todo ello, para no pagar el resto de tus días el error de una noche, disfruta de tu cabalgadura con todos tus sentidos. No los filtres a través de sustancias cegadoras. Si quieres volar vuela, pero filtrándote la visión no te hará falta montura. La enjundia está en disfrutar y contarlo.
No dejes que los jinetes de la tormenta te atrapen. Aliuuuu. Saturday in the night, already it is. Enjoy and turn it. Aliuuuu. En la mañana, la brisa acaricie tu rostro. Aliuuuu. (HEMOS NACIDO SALVAJES, VENTE VERÁS,CLICK)

lunes, 23 de julio de 2012

Por la plata.(i)

Por la plata.(i)
Mefistófeles Gracia Delacruz, rondaba la cuarentena, había discurrido su vida de una forma bastante zarandeada. Al nacer fue repudiado por sus padres, un pobre diablo dedicado al trapicheo de hojalatas, excusa perfecta para zanganear en busca del descuido más inocente de sus posibles tratantes. Y una mujer nacida en la cuna destructiva de la prostitución. Desde pequeña sabía practicar mejor el francés y el griego, que su lengua materna, el castellano, si a lo que ella hablaba se le podía llamar castellano. Así fue como Fistofé, tomó sus primeras enseñanzas en un convento de las monjas del sagrario. Las monjas lo encontraron en un liadillo de ropas mugrientas, con una nota. Muy bien escrita, debió de pedírsela su madre a algún estudiado al que ayudara en sus sesiones de francés. En la nota decía: Se llama Mefistófeles y ya se darán cuenta por qué. Cuídenlo, al fin y al cabo no es culpable del lugar donde nació. Como ustedes entienden más de Dios, pues se lo explican, nosotros ya tenemos bastante con sobrevivir.
Las monjas al escuchar los berridos que daba aquella criatura, atendieron a la puerta y también entendieron la nota al vuelo. Aún les sonaba sacrílego llamarlo por su nombre en la casa del Señor, así decidieron que mientras permaneciera bajo su tutela, se le nombraría por el diminutivo de Fistofé, ocurrencia por otra parte de la muy creativa madre superiora. Así quizás se le apegue algo de fe. Pero Fistofé iba creciendo debilucho, las frugales comidas del convento tampoco ayudaban en demasía a crear masa muscular. Era Fistofé listo como el hambre, al menos así lo creían todos en el convento. Nunca estaba cuando ocurría alguna desventura, pero siempre sabía qué había pasado y cuándo y por qué. A medida que iba creciendo todos le preguntaban cómo sabía esas cosas. Él encogiéndose de hombros siempre decía, tengo los ojos en la cara, no como ustedes.
Su mente no dejaba de cavilar en ningún momento del día, y de la noche, pues desde pequeño había sido propenso a dormir poco y con un sueño ligero, avizor. Como si temiera algo, le vendría de los genes inoculados por sus padres. En su cabeza rondaba siempre una cosa. Algo que todos tenían siempre en boca, hasta las monjas que según ellas vivían en una vida de contemplación, reclusión y austeridad para con Dios. Esa cosa no podía ser otra que la Plata.
Todos, desde la mejor persona, él creía que era el ebanista. Hasta la más ruin, la señora condesa, según sus ojos. Hacían las cosas por la Plata. El pobre ebanista aunque intentaba no cobrar mucho a las monjas por sus reparaciones, algo aunque fuera en dulces, cobraba. Pero la que parecía que ayudaba por su buena voluntad, por su buen corazón. Cuando fue más mayor y vivía fuera de su recogimiento, pudo comprobar que detrás de todos sus buenos gestos estaba quedarse con las innumerables tierras del convento. Cuando él se acerca a cumplir la cuarentena, la señora condesa va a llegar a las cuarenta veces que logra pasar a su nombre unas tierras, por el bien de la comunidad de monjas. La madre superiora, una arpía compinchada con la condesa, si no, algo más. Aunque él veía lejos, nunca consiguió trincarlas en falta de fe, cuando se encerraban por dentro en la estancia de la priora.
Estos recuerdos de la infancia les venía a Mefistófeles ahora, cuando su amigo Marcial le había llamado como Fistofé, para comunicarle que tenía un trabajillo que realizar. Había que secuestrar a un tío. Por qué preguntó Fistofé, y él con su recuerdo fresco se contestó antes que Marcial abriera la boca. Por la Plata…
Maldita historia, vuelven los comienzos, por la Plata, adivinó sin querer...

sábado, 7 de julio de 2012

Bienvenid@s Al Nuevo Amanecer…


Bienvenid@s Al Nuevo Amanecer…



Desde Aquí iré desmenuzando la tríada del camino, aquel que tiempo comencé, y ahora sigo cargado de compañía, la vuestra.
Es Por ello os conmino a que sigamos compartiendo, momentos y lugares, arenas y ciénagas, amores y odios, y sobre todo, eso sobre todo…
Que disfrutéis cuan me habéis logrado hacer disfrutar a Mí…
Gracias de Antemano…