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viernes, 21 de diciembre de 2012

Otra vez…Invierno.


Otra vez…Invierno.
A poco que me descuidé, se acortó el día, me atrapó la noche. Prisionero me deja, encadenado a mis letras sin poder escaparme por la ventana como me gustaría, cerca de ti, agarrado a tu mano, como hacíamos en días soleados.
Apenas unas horas, desde alcanzar el cenit, viernes 21 de diciembre, a las 12 horas y 12 minutos.
Letargo numérico, de capicúas y excentricidades, que  el capricho de los números nos otorga, nos entretiene.
En ese momento tenemos, el principio de la oscura noche, más larga, la que nos mece con sus suaves manos, las que nos ronronea con su música fluvial, con los silbidos de aires, que hacen que nuestros cuerpos más se acerquen, busquen el cobijo del uno en el otro.

Copos de nívea y cristalina llovizna, rígida sobre escarpados bloques integrados, jugando a ser estatuas de efímera existencia, creadas para ser diluidas con la calidez de un rayo.
Pasando, mirando pero no parando, aligerando el paso, cerca de nuestro banco preferido, donde nos contamos nuestras confidencias, donde me tomas de la mano, donde me estampas tus labios teñidos de ese marcaje para mis lóbulos. Para que estés más tiempo portándome, me dices. Claro, sonrío.
Queda ese resquemor de saber si acertamos en la compra instigada de regalos, de dejarnos llevar de las luces que nos ciega y nos lleva de la mano a gastos superfluos, sí quién no los hizo nunca. Si no fue así, seguro no fue porque fue consciente, seguro se debe más a las posibilidades, ya sé, ya sé, que tú no.
Me da miedo cuando te veo alejarte en las tinieblas del bosque encantado, pero frío, preñado de la semilla de la triste época estival que comienza. Confío en tu vuelta, señora del bosque. Ya sé que tiene sus encantos.
Es cierto que tiene sus momentos bellos, cuando la bella plateada se eleva en el horizonte y siembra de azul todo el espacio translúcido que nos rodea y permite posar para cinéfilos, bella postal nos salió, eh!
La llamada del invierno suena en la lejanía, te pones melosa, me haces señas y te arrimas. Qué estremecimiento más humano el escuchar la noche y sus habitantes álgidos, donde marcan pauta, y su territorio queda señalado.
No tardará tanto en que el astro majestuoso se desperece y con sus largos apéndices consiga despertarnos del adormilamiento, pues tanto llegó como comienza a crecer, maravilloso día, crece, crece y déjanos disfrutar de tu luz.

sábado, 14 de julio de 2012

La presión aumenta.

La presión aumenta.(II)


…No podía ser. Él era distinto a los demás, él era un alma pura. Corazón limpio, sensible, ardoroso, pero rebelde contra las humillaciones, irascible cuando veía una iniquidad contra un frágil ser en las manos de otro, que desgraciadamente la naturaleza le había otorgado la teta delantera. Tengo averiguar que le ha pasado, se dijo. Pues no me ha fallado, sin más, seguro que no.
Al llegar a la plaza del gran general, no iba a ser menos, los corrillos cantaban lo ocurrido. Las lenguas maldicientes impregnadas de los bulos interesados, ya contaban que habían detenido por aquí y allá. Las lenguas más alienadas daban por merecido, todo. Las detenciones, los garrotazos e incluso los muertos. Otros sin levantar la voz para ser señalados, por dedos acusadores, intentaban mediar explicando la protesta no violenta. Sólo pedían pan, el que hoy algunos de nosotros nos comemos, decían. Qué dices tú, terció rápido los gendarmes desperdigando los corrillos. El miedo imperaba por todas las esquinas. Logró ver a su amiga de escuela. Le puso en conocimiento de que habían detenido y aporreado al anarquista, el objeto de su búsqueda desesperada. No supo decirle si estaba bien, ella vio como sangraba cuando lo metían en los calabozos. Hacía allí se dirigió sin pensarlo. De bruces se dio con los gendarmes de puerta, aún sabiendo a qué venía, le mal dijeron que allí no tenía nada que hacer. El maldito anarquista ese, no la molestará más señorita, fue la respuesta recibida a su insistencia, entre risas sarcásticas.
Tenía que buscar la forma de entrar. Pero no podía enterarse su padre. Anduvo trasteando hasta dar con un antiguo pretendiente soldado. Déjame entrar, debo de verlo, tengo que asegurarme de que está bien, le suplicó.
Él sentía dentro su deseo no correspondido, pero era real y sano, no podía dejar de ayudarla.
Así fue como llegando junto al soldado hasta los calabozos, donde permanecía retenido el anarquista, fueron sorprendidos por los gendarmes.
Qué hacéis aquí, traidores. Le dieron unos guantazos a ella, él recibió un culatazo al forcejear con ellos. A ti te fusilarán por traidor, y a ella, bueno a ella. Nos divertiremos un poco antes de que se entere el juez.
Sin quererlo, sin pensarlo, sobre todo eso. Se vio detenida, atada en la pared, recibiendo tocamientos de aquellos malnacidos, que siempre se prestan. Además sabiendo haber comprometido hasta la posible muerte a un chico, que lo único que había hecho era amarla sin recibir a cambio ni una chispa de esperanza. Todo le salió mal, se dejó llevar por el corazón, y allí estaba oliendo los nauseabundos alientos, de aquellos malnacidos.
No tocadme, inmundos, cuando mi padre se entere…
Tu padre igual no se entera, puedes tener un accidente y aparecer muerta en una acequia, violada y ultrajada. Qué pena nos da el pobre señor juez, se reían…
El juez apareció en casa, cansado y como siempre solía hacer fue a buscar a su hija para besarla en la frente, como todos los días. Le rejuvenecía, le refrescaba la vida con las carantoñas que le hacía a diario. Pero no estaba en la biblioteca, donde solía estar a esa hora. Qué raro, salió sin avisarme? No lo suele hacer, pero bueno no es una niña ya, por mucho que yo no la quiera dejar crecer. Pronto vendrá, seguro habrá algún mozalbete lisonjeándola, bueno ella sabe defenderse…