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martes, 18 de septiembre de 2012

La Milonga del Ángel.


La Milonga del Ángel.
Mamá, mamá, mamiiiii…Cooorreeeee….
Qué fue, qué te pasó, mi niña. Cómo me lloras mi vida. Ya pasó, ha sido un mal sueño, ya está, mami está aquí, me lo quieres contar…
Sí. Todo iba muy bien. Estaba en un prado, lleno de primavera. A él se llegaba por un sendero dibujado en el aire. Serpenteante, con cuentas azules a los lados, su reflejo con el sol servía de guía. Era muy fácil seguirlo.
Y por él llegué hasta una extensión floreada. De todos los colores, rojo, amarillo, blanco, violeta, de todos, precioso. Y había un señor con cara de niña, con un pelo largo brillante, tenía unas cosas por la espalda, como plumas. Era como el angelito que tú pones en el portal. Y me invitó a jugar con sus flores, en su prado, y me daba algodón de azúcar.
Y todo eso te asustó, mi vida, es muy bonito, no…
No, todo fue muy bonito, hasta que de la emoción comencé a cantar. Esas canciones tranquilitas que tú me susurras cuando me voy a dormir, y que me gustan tanto.
Las milongas…Eso son milongas…
Bueno pues eso, milongas. Empecé a tararearlas. 
El ángel se me acercó, con una sonrisa muy amable, me dijo. Aquí no se puede cantar. Pero jugar todo lo que quieras. Toma un algodón de azúcar, verás como te gusta. Cogí el algodón un poco aturdida, y me volví a jugar mientras me lo comía. Todo era tan bello, que a medida que el algodón de azúcar se iba terminando, me volvieron las ganas de cantar. Así lo hice, cuando se me acercó de nuevo aquel señor, con la sonrisa menos amplia que la primera vez. Te dije, que no se puede cantar, espero no tenértelo que repetir. Vale, perdón, le dije.
Bueno, pero eso no es para asustarse, no….
No, me asusté cuando lo olvidé, de nuevo. Todo era tan bonito, que el color, la frescura que desprendía el prado, la luz del sol calentino, que volví a cantar. Qué mal estaba haciendo, todo invitaba a escuchar de mi voz las palabras tan bellas que mi madre me cantaba para dormir. Y entonces fue cuando se volvió hacia mí. Las plumas de la espalda, se crecieron, se ennegrecieron, su sonrisa se volvió sarcástica y sus incisivos se le alargaron, le vi crecer una cola muy grande con una puya en la punta y unos cuernecillos en la frente. Me comenzó a gritar. Todos sois iguales, intento ser bondadoso con vosotros y al final tenéis que romper la única regla que pongo. No cantarme milongas, que me recuerden a la madre que no tengo. A la madre que nunca tuve. Lo conseguí todo y creé este paraíso artificial para que los niños disfrutarais. A cambio sólo, que olvidarais a vuestras madres. Como yo no la recuerdo. Pero no, no podéis cumplir una ínfima cosa. Pues pagaréis con vuestra expulsión del paraíso.
Y con una masa de fuego en la mano, me quería quemar viva. El color se hizo todo negro y menos mal el camino, que las piedras azules seguían brillando, si no, no hubiera conseguido salir de allí, no hubieras llegado a tiempo mami. Qué miedo, no hubieras llegado.
No llores, estoy aquí, yo siempre estaré a tu lado, no temas nada. Es sólo la milonga del ángel, que te tenía envidia por la falta de cariño, que él no tuvo. Pero no llores más, que mami está aquí, contigo, ahora y siempre. Y las milongas no son más que mentiras. Vale…Dame un besito…
Y el sueño volvió al frágil cuerpecito, que se asía fuertemente a la mano de la madre protectora…

En este enlace podéis pinchar si queréis seguir la publicación de los textos del libro SALPICADURAS . Ya tenéis los cuatro primeros  relatos completos, pronto el quinto. MI SUEÑO...SE PIERDE EL TREN con las ilustraciones de José L. Martínez REBOTE.





sábado, 14 de julio de 2012

La presión aumenta.

La presión aumenta.(II)


…No podía ser. Él era distinto a los demás, él era un alma pura. Corazón limpio, sensible, ardoroso, pero rebelde contra las humillaciones, irascible cuando veía una iniquidad contra un frágil ser en las manos de otro, que desgraciadamente la naturaleza le había otorgado la teta delantera. Tengo averiguar que le ha pasado, se dijo. Pues no me ha fallado, sin más, seguro que no.
Al llegar a la plaza del gran general, no iba a ser menos, los corrillos cantaban lo ocurrido. Las lenguas maldicientes impregnadas de los bulos interesados, ya contaban que habían detenido por aquí y allá. Las lenguas más alienadas daban por merecido, todo. Las detenciones, los garrotazos e incluso los muertos. Otros sin levantar la voz para ser señalados, por dedos acusadores, intentaban mediar explicando la protesta no violenta. Sólo pedían pan, el que hoy algunos de nosotros nos comemos, decían. Qué dices tú, terció rápido los gendarmes desperdigando los corrillos. El miedo imperaba por todas las esquinas. Logró ver a su amiga de escuela. Le puso en conocimiento de que habían detenido y aporreado al anarquista, el objeto de su búsqueda desesperada. No supo decirle si estaba bien, ella vio como sangraba cuando lo metían en los calabozos. Hacía allí se dirigió sin pensarlo. De bruces se dio con los gendarmes de puerta, aún sabiendo a qué venía, le mal dijeron que allí no tenía nada que hacer. El maldito anarquista ese, no la molestará más señorita, fue la respuesta recibida a su insistencia, entre risas sarcásticas.
Tenía que buscar la forma de entrar. Pero no podía enterarse su padre. Anduvo trasteando hasta dar con un antiguo pretendiente soldado. Déjame entrar, debo de verlo, tengo que asegurarme de que está bien, le suplicó.
Él sentía dentro su deseo no correspondido, pero era real y sano, no podía dejar de ayudarla.
Así fue como llegando junto al soldado hasta los calabozos, donde permanecía retenido el anarquista, fueron sorprendidos por los gendarmes.
Qué hacéis aquí, traidores. Le dieron unos guantazos a ella, él recibió un culatazo al forcejear con ellos. A ti te fusilarán por traidor, y a ella, bueno a ella. Nos divertiremos un poco antes de que se entere el juez.
Sin quererlo, sin pensarlo, sobre todo eso. Se vio detenida, atada en la pared, recibiendo tocamientos de aquellos malnacidos, que siempre se prestan. Además sabiendo haber comprometido hasta la posible muerte a un chico, que lo único que había hecho era amarla sin recibir a cambio ni una chispa de esperanza. Todo le salió mal, se dejó llevar por el corazón, y allí estaba oliendo los nauseabundos alientos, de aquellos malnacidos.
No tocadme, inmundos, cuando mi padre se entere…
Tu padre igual no se entera, puedes tener un accidente y aparecer muerta en una acequia, violada y ultrajada. Qué pena nos da el pobre señor juez, se reían…
El juez apareció en casa, cansado y como siempre solía hacer fue a buscar a su hija para besarla en la frente, como todos los días. Le rejuvenecía, le refrescaba la vida con las carantoñas que le hacía a diario. Pero no estaba en la biblioteca, donde solía estar a esa hora. Qué raro, salió sin avisarme? No lo suele hacer, pero bueno no es una niña ya, por mucho que yo no la quiera dejar crecer. Pronto vendrá, seguro habrá algún mozalbete lisonjeándola, bueno ella sabe defenderse…