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sábado, 14 de julio de 2012

El límite del deseo.(III)

El límite del deseo.
…el hilo de vida que le dejaban entre tunda y tunda, juegos de asfixia, hasta martillearle los dedos. Estaba claro que no le iban a dejar con vida. O le decía los nombres, o le hacía una lista detallada de los cabecillas del pueblo, o lo matarían. Pero él poseía un arma secreta en su mente, en su corazón, bomba que da vida, habitaba Ella y eso era suficiente para poder ausentarse en sus largos vuelos, mientras ellos le machacaban su otro yo, el físico.
Lo matarás, no va a decirnos nada, tiene una entereza mental capaz de hacernos desfallecer antes que él. Ya me gustaría a mí un Amigo así, se decían entre ellos. Bueno pues si muere, muere. Nuestra misión es que hable o calle para siempre. Además verás cómo se derrumba con la sorpresa que le tengo preparada. No, qué vas a hacer, no la metas a ella en esto. El juez no nos lo perdonará. Deja al juez, no tiene por qué enterarse. Y así la pusieron delante de los ojos del Anarquista. Le levantaron la cabeza y al verla…
Noooo. A Ella la dejáis malnacidos. Juro por lo más sagrado que si la tocáis, si le hacéis algo sois hombres muertos. En su desesperación, en su impotencia, incluso les amenazó con el juez, pero a ellos le iba resultando el plan.
La entereza de Ella, al verle aún vivo, fue total. No le tocaréis más, mi padre hará que paguéis caro la infamia que estáis cometiendo con él, con nosotros. Entonces surgió una mano abierta, que le pareció un mazo, la derrumbó sobre la mesa con todo el labio partido.
Tú te callas, aquí eres una simple invitada. En un primer momento intentó sublevarse, pero antes de darse cuenta recibió otro manotazo que la desparramó en el suelo.
De donde no parecía haber casi vida, surgió un grito aterrador. El Anarquista gritó, juro que os mataré malditos. Se irguió de la silla, amarrado como estaba, e intentó arremeter contra el que había golpeado a Ella. No pudo llegar a dos palmos, sintió como le ahogaba la soga que tenían rodeándole el cuello. La presión sobre el mismo le dejó sin aliento, cayendo de espaldas con silla y todo.
Cogieron un cubo de agua y se lo estamparon encima. Te vas a despabilar y vas a colaborar, a que sí, verdad que sí, le decían riéndose. Ja,ja,ja…
El juez despertó, como de un mal sueño, del duermevela reparador que siempre se echaba al llegar a casa. Sobresaltado de haber dormido tanto y no haber sido despertado por Ella. La llamó, la buscó por toda la casa. La sirvienta apareció, asustada no sabía que responder. Ella ha ido a buscar al Anarquista, a los calabozos, señor, le respondió a sus insistencias. Pero cómo, por qué, qué está pasando, bueno ahora mismo voy hacía allí, esto lo aclararemos después Sirvienta. Sí señor, susurró……Entre tanto el Maestro del Deseo, imploraba un conjuro para darles fuerzas, tenían que aguantar para poner al destino de su parte…

viernes, 13 de julio de 2012

La Decisión del Anarquista.(I)

La Decisión del Anarquista.(I)


Le pusieron delante dos acérrimas enemigas: La Traición y La Libertad. Le dieron? A escoger. Si sigues el camino de la primera conseguirás la segunda.
Fue arrestado en un tumulto. Donde él no debía de estar, pero estuvo. Lo marcaron como posible interviniente en la protesta. Le vieron cerca en el peor momento. Él tenía coartada, pero desvelarla era poner en un aprieto a sus Amigos. Podía delatarlos, como hubiera hecho algunos de ellos, caso contrario, pero no lo hizo.
Estuvo con ella. En su cama, disfrutando el uno del otro. Estremeciéndose con las mutuas caricias, con los intensos besos.
Ella, su hija. No eran de la misma clase social, ella era hija de juez. Él, un hombre libre, sin ataduras con nada, ni con nadie. Pero ella se cruzó en su camino. Un día como otro cualquiera, en la plaza junto a un puesto de libros. Ya estar cerca de ese puesto era peligroso. Para los gendarmes, ese puesto olía peor que el del pescado. Olía a anarquistas, a revolucionarios, a gente de mala ralea. Tenían que tener vigilados a todos los que se acercaran por allí, bueno a casi todos. Ella hija de un juez, joven, seguro se le pasaría esas ideas de mezclar lo inclasificable. Cómo se le ocurría codearse con esa chusma, ella una señorita bien, bueno ya se le pasará, se decían. Mejor no decir nada al juez.
Pero se miraron, se acercaron, se chocaron y ella le buscó. Hablaron y ella sintió su deseo. Él, temeroso al principio, quiso anunciarle sus diferentes clases. Pero ella le facilitó el camino, dando por entendido que lo sabía, y no le importaba. Sus caminos estaban juntos ya, pero siempre ajenos a las miradas de los demás. Era su secreto y en ello les iba su relación, además de seguro, la vida de él. Lo sabían y aunque lo temían, no les importaba.
Hasta la redada.
Él tomo el recorrido equivocado. Se encontró de frente contra los manifestantes que corrían en su dirección. Los gendarmes a caballo los espoleaba y tuvo que correr con ellos. En el cierre de la calle, aparecieron más gendarmes armados, hubo lucha, sangre, muertos y heridos. Cuando despertó se sentía magullado, le dolía todo el cuerpo. Estaba atado a una silla. Una luz cegadora frente a su cara. Y cuatro enormes individuos gritándole. Algún que otro golpe caía sobre su machacado cuerpo. Interrogatorio inmoral, así como vano, pues le conocían y sabían que él no delataría a nadie. Pero claro ellos trabajaban para los señores y tenían que probar sus artimañas contra un hombre indefenso, atado a una silla. Debían de responder ante quienes le echan de comer. Pues la única manera de alimentar a las hienas, a los buitres y toda esa tribu de bestias.
Pues te haremos cantar, nos vas a poner por escrito todos los nombres. Ya que eres tan leído, tan docto, no te será difícil. Si eliges el camino bueno serás libre, pero si no, pues las uñas no sé si te servirán para arañar a esa muñequita con la que te juntas…
Malditos, si a ella le hacéis algo, juro por lo que más quiero, que desearéis no haber nacido…
Ella entretanto esperaba en el lugar acostumbrado, se iba haciendo tarde, él no llegaba, nadie llegaba…