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martes, 24 de julio de 2012

Los Viunos.(iii)

Los Viunos.(iii)
…La lluvia empezó a amainar, como en un gimoteo dejó de llover. Comenzó a verse traslucir los rayos del sol por las rendijas trazadas por las ramas de los árboles. Un séquito, pues parecían escoltar a una princesa, apareció en el claro del bosque. Belle con un carruaje lleno de viandas y otros enseres, seguida, rodeada por unas ocho personas, hombres y mujeres. Frenaron en seco al ver allí plantados, donde no debían de estar, a Marcial y su compinche Fistofé. Sin nada con que defenderse más que sus manos, se pusieron en rededor de Belle, todos sus acompañantes. Los dos sicarios intentaron no alarmar, no querían que se les complicase el plan, si se le podía llamar así. No tengáis miedo, no vamos a haceros daño a ninguno, sólo queremos a Belle. De eso nada repusieron. A ver no se ha explicado, terció Mefistófeles, quiere decir que debemos hablar con ella a solas y sin pérdida de tiempo. Eso no os lo creéis ni soñando, les gritaron mientras apretaban el cerco alrededor de Belle. Ésta habló, hasta ese momento la sorpresa la había sumido en un profundo silencio, observaba tanto a sus compañeros como a los dos sicarios. No os preocupéis, hablaré con Fistofé a solas. Pero, no es de fiar. Sí que lo es. Me apartaré lo suficiente para que no oigáis lo que tiene que decirme y tan sólo a tiro de piedra para que estéis tranquilos. Guardad cuidado.
Caminaron unos veinte pasos hacia delante, cuando se iban alejando, la curiosidad de Mefistófeles no pudo más. Por qué me has llamado Fistofé, cómo sabes de ese nombre. Belle le sonrió, es tan fácil como tener ojos y ver, tener oídos y oír, tener corazón y sentir. Mi padre me contó tu historia, yo también sé que conoces a la condesa, mi madre y no la tienes en buena estima. Tú también haces, a sus espaldas, cosas que si se enterara. Se entera, siempre hay algún trepador para irle con el cuento. Pero en el fondo, ella sabe que le viene bien. Sin quererlo jugamos al poli bueno y poli malo. Tiene a los pobres en contra, pero a ella eso no le ha importado nunca. Por otro lado saben que están conmigo y eso le da la seguridad de seguir viva, pues no deja de ser mi madre. Fistofé entonces no pudo más, lo que tengo que decirte dañará ese buen corazón que tienes. Tu madre nos ha enviado para que te hagamos desaparecer, tiene que ser un accidente, de una forma que no la implique a ella. No puede soportar lo querida que eres por los vecinos del pueblo. No soporta el parecido con tu padre. Lo dice de una forma que todo indica que su desaparición fue obra de sus tentáculos. Ya, Belle se quedó sorprendida de lo escuchado.
La solución está en el convento, si logramos hablar con la tesorera sin que lo sepa la priora, ya sabes en qué lado del tablero juega. Ella podría esconderte allí, el convento es suficientemente grande para que ni se entere, dada su edad ya no camina por todos sitios, podríamos intentarlo. Bien antes tengo que repartir estas cosas a los habitantes del bosque. Ah, los viunos. Sabes por qué se llaman así. Cuéntame mientras nos acercamos a sus refugios. Son pobres, hijos de delincuentes o pordioseros. Al principio mientras conocían las riquezas del bosque, tenían que saltear a los ciudadanos que pasaban por los caminos. Como eran casi niños, eran rápidos, todos a una, los unía el hambre, y sucios, pues no los conocían. Jugaban a la sorpresa, desorientaban al viajero y con unos ruidos de los huecos de las secuoyas, hacían sonar a los espíritus.
Así fue como se corrió la voz de que unos seres pequeños del bosque atacaban a los viajeros solitarios. Éstos asustados decían vi a unos, viaunos, viunos… así fue como tomaron ese nombre. A los siguientes asaltados, los viunos se encargaban que se enteraran gritándolo en las secuoyas.El miedo y la imaginación hicieron el resto. Dejaron de asaltar, cuando tu padre empezó a ayudarles como tú ahora.
En eso resonaron unas voces, estaaaamos aquíííí, somos los viuuuunos…
Ahí vienen, demosles las cosas después iremos a buscar a la hermana sor Inés. A quién. A la tesorera. Qué bien te lo sabes, dijo Belle. Fistofé respondió, recuerda mi pasado, con brillo en sus ojos…


lunes, 23 de julio de 2012

Por la plata.(i)

Por la plata.(i)
Mefistófeles Gracia Delacruz, rondaba la cuarentena, había discurrido su vida de una forma bastante zarandeada. Al nacer fue repudiado por sus padres, un pobre diablo dedicado al trapicheo de hojalatas, excusa perfecta para zanganear en busca del descuido más inocente de sus posibles tratantes. Y una mujer nacida en la cuna destructiva de la prostitución. Desde pequeña sabía practicar mejor el francés y el griego, que su lengua materna, el castellano, si a lo que ella hablaba se le podía llamar castellano. Así fue como Fistofé, tomó sus primeras enseñanzas en un convento de las monjas del sagrario. Las monjas lo encontraron en un liadillo de ropas mugrientas, con una nota. Muy bien escrita, debió de pedírsela su madre a algún estudiado al que ayudara en sus sesiones de francés. En la nota decía: Se llama Mefistófeles y ya se darán cuenta por qué. Cuídenlo, al fin y al cabo no es culpable del lugar donde nació. Como ustedes entienden más de Dios, pues se lo explican, nosotros ya tenemos bastante con sobrevivir.
Las monjas al escuchar los berridos que daba aquella criatura, atendieron a la puerta y también entendieron la nota al vuelo. Aún les sonaba sacrílego llamarlo por su nombre en la casa del Señor, así decidieron que mientras permaneciera bajo su tutela, se le nombraría por el diminutivo de Fistofé, ocurrencia por otra parte de la muy creativa madre superiora. Así quizás se le apegue algo de fe. Pero Fistofé iba creciendo debilucho, las frugales comidas del convento tampoco ayudaban en demasía a crear masa muscular. Era Fistofé listo como el hambre, al menos así lo creían todos en el convento. Nunca estaba cuando ocurría alguna desventura, pero siempre sabía qué había pasado y cuándo y por qué. A medida que iba creciendo todos le preguntaban cómo sabía esas cosas. Él encogiéndose de hombros siempre decía, tengo los ojos en la cara, no como ustedes.
Su mente no dejaba de cavilar en ningún momento del día, y de la noche, pues desde pequeño había sido propenso a dormir poco y con un sueño ligero, avizor. Como si temiera algo, le vendría de los genes inoculados por sus padres. En su cabeza rondaba siempre una cosa. Algo que todos tenían siempre en boca, hasta las monjas que según ellas vivían en una vida de contemplación, reclusión y austeridad para con Dios. Esa cosa no podía ser otra que la Plata.
Todos, desde la mejor persona, él creía que era el ebanista. Hasta la más ruin, la señora condesa, según sus ojos. Hacían las cosas por la Plata. El pobre ebanista aunque intentaba no cobrar mucho a las monjas por sus reparaciones, algo aunque fuera en dulces, cobraba. Pero la que parecía que ayudaba por su buena voluntad, por su buen corazón. Cuando fue más mayor y vivía fuera de su recogimiento, pudo comprobar que detrás de todos sus buenos gestos estaba quedarse con las innumerables tierras del convento. Cuando él se acerca a cumplir la cuarentena, la señora condesa va a llegar a las cuarenta veces que logra pasar a su nombre unas tierras, por el bien de la comunidad de monjas. La madre superiora, una arpía compinchada con la condesa, si no, algo más. Aunque él veía lejos, nunca consiguió trincarlas en falta de fe, cuando se encerraban por dentro en la estancia de la priora.
Estos recuerdos de la infancia les venía a Mefistófeles ahora, cuando su amigo Marcial le había llamado como Fistofé, para comunicarle que tenía un trabajillo que realizar. Había que secuestrar a un tío. Por qué preguntó Fistofé, y él con su recuerdo fresco se contestó antes que Marcial abriera la boca. Por la Plata…
Maldita historia, vuelven los comienzos, por la Plata, adivinó sin querer...